Daniel Lara Farías - La zurda que se devuelve | Carta cifrada del 1 de septiembre de 2026
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La izquierda venezolana tiene hitos particulares en su definición propia. Desde el momento en que tomaron el camino ideológico clásico como comunistas, decantándose luego en diversas expresiones que sumaron elementos nativos, vimos a una multitud de personalidades, personajes, presuntos y presumibles de toda laya.
Comunistas dogmáticos atados a la línea soviética. Comunistas que se sostienen del nacionalismo para salir por la tercera vía del antiimperialismo y aterrizar en la socialdemocracia. Socialdemócratas que se agarran de la Biblia para expresarse como socialcristianos.
Y así, en un ciclo infinito.
Otra vuelta de la noria
A los comunistas venezolanos se les hacía muy difícil mantenerse en el dogma detrás de la URSS. Por un lado, porque el hegemón local es EE. UU., que además nunca ha sido enemigo, sino socio, aliado y amigo. No somos ni Cuba ni Dominicana ni Colombia, con resentimientos por despojos o invasiones reales o supuestas. Por tanto, el asunto nunca agarró fuerza por ahí.
Luego estaba una ideología propia, amorfa y sin mayor propuesta escrita, como lo es el bolivarianismo como expresión nacionalista que buscaba darle connotación propia al caudillismo genérico, la única ideología real en Hispanoamérica. Por eso, era imposible que los hijos de Bolívar se sometieran al comunismo clásico, cuyo principal teórico se atrevió a descalificar a Bolívar cuando le correspondió hablar de él en su momento.
Por eso y mucho más, los jóvenes de 1928 que se declararon comunistas terminaron dejándose de eso, con pocas excepciones. Las primeras divisiones del comunismo se vieron precisamente en el ámbito académico. En diatribas teóricas. En reclamos sobre desviacionismo, en acusaciones de revisionismo, etc. Así se fueron los primeros. Después se irían los socialdemócratas. Y así, hasta que en los cuarenta aparecen los socialcristianos, los sindicalistas no comunistas pero socialistas, los socialdemócratas agraristas y los socialistas antiyankees del sector sindical petrolero.
En los cincuenta se mantuvieron más o menos así, hasta que en el 59 aparecen los socialdemócratas ganando las elecciones y los jóvenes socialistas rurales llegando al poder en Cuba. Ahí se abren en dos los socialdemócratas y los comunistas, y el nuevo frente sería el combate entre política de masas y/o cuadros versus la toma del poder a través de la guerra de guerrillas.
La derrota los dejó en bandos distintos. Unos volvieron al redil político convencidos y saltando a la socialdemocracia. Otros se quedaron en la expresión socialista de la boca para afuera, abandonando las armas públicamente, pero montándose en cuanta conspiración contra la democracia se apareciera.
Esos derrotados nunca llegaron a ser el 10 % del espacio político. De hecho, se hablaba de ellos en cada elección aludiendo a su “6 % histórico” como resultado máximo agrupados, algunos sin más de uno o dos diputados que llegaban, en realidad, al Congreso por ser personalidades fichadas para arañar votos, más que militantes convencidos en muchos casos.
De polvo a lodazal.
Así llegó la izquierda al chavismo. Se montaron en el chavismo a pesar de su aversión a lo militar y a pesar de ser, en su mayoría, copartícipes de la construcción del sistema que Chávez prometió destruir.
El caso más patético sea quizás el de Guillermo García Ponce, uno de los principales jefes del bando guerrerista en el Partido Comunista. Como parlamentario, fue uno de los redactores y acérrimos defensores de la Constitución del 61. En el 62 se fue a la guerra contra esa Constitución. Le agarra el dinero a Cuba para hacer la guerra y la pierde. Cae preso y, junto a Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, se escapa de la cárcel luego de acordar con el gobierno, que les dejó escapar, que al salir desmontarían los frentes guerrilleros y dividirían el Partido Comunista. En efecto, se escapan, llaman a parar la guerra, dividen el Partido Comunista y crean el MAS… sin García Ponce, que monta tienda propia llamada Vanguardia Comunista.
Gracias a eso sigue en el Congreso, apoyando candidaturas que le permitieran mantener la curul hasta lograr jubilarse.
Jubilado estaba cuando lo resucita el chavismo y lo hace constituyente y parlamentario después.
Y la explicación de lo que pasó allí, en esa cabeza, la dio el aludido en una entrevista en VTV, arrancando el chavismo, al ser consultado sobre su ideología: “Yo siempre he sido bolivariano”. Imagínese.
Tan bolivarianos eran que se quedaron en el chavismo a pesar de la marcha imparable hacia el crimen. Callaron ante las muertes, el narcotráfico, la corrupción, la destrucción de la industria petrolera, la industria eléctrica, los crímenes de lesa humanidad, el cierre de medios, las torturas.
Y hoy, como si nada, pretenden seguir haciendo política, como si el crimen no los infectara y los involucrara. Como si se pudiera regresar del crimen soltando el fusil y agarrando la Biblia, cual malandro de cárcel del tercer mundo.
Volverán a su nicho del 6 %, como mucho, y creo que ni eso. Se irán poco a poco a la locura de sacarse sus trapos y reclamarse sus deudas y rencillas históricas. Se sacarán las cuentas desde el inicio del siglo veinte, se reclamarán sus muertos, sus guerrillas, sus cuentas por pagar y por cobrar.
Y así, se irán consumiendo hasta llegar a su mínima expresión. Y debemos ayudarlos a que esa pelea siga, se profundice y termine en su desaparición absoluta.
Como otras fuerzas en el pasado, que se vayan. Para no volver.
La izquierda venezolana tiene hitos particulares en su definición propia. Desde el momento en que tomaron el camino ideológico clásico como comunistas, decantándose luego en diversas expresiones que sumaron elementos nativos, vimos a una multitud de personalidades, personajes, presuntos y presumibles de toda laya.
Comunistas dogmáticos atados a la línea soviética. Comunistas que se sostienen del nacionalismo para salir por la tercera vía del antiimperialismo y aterrizar en la socialdemocracia. Socialdemócratas que se agarran de la Biblia para expresarse como socialcristianos.
Y así, en un ciclo infinito.
Otra vuelta de la noria
A los comunistas venezolanos se les hacía muy difícil mantenerse en el dogma detrás de la URSS. Por un lado, porque el hegemón local es EE. UU., que además nunca ha sido enemigo, sino socio, aliado y amigo. No somos ni Cuba ni Dominicana ni Colombia, con resentimientos por despojos o invasiones reales o supuestas. Por tanto, el asunto nunca agarró fuerza por ahí.
Luego estaba una ideología propia, amorfa y sin mayor propuesta escrita, como lo es el bolivarianismo como expresión nacionalista que buscaba darle connotación propia al caudillismo genérico, la única ideología real en Hispanoamérica. Por eso, era imposible que los hijos de Bolívar se sometieran al comunismo clásico, cuyo principal teórico se atrevió a descalificar a Bolívar cuando le correspondió hablar de él en su momento.
Por eso y mucho más, los jóvenes de 1928 que se declararon comunistas terminaron dejándose de eso, con pocas excepciones. Las primeras divisiones del comunismo se vieron precisamente en el ámbito académico. En diatribas teóricas. En reclamos sobre desviacionismo, en acusaciones de revisionismo, etc. Así se fueron los primeros. Después se irían los socialdemócratas. Y así, hasta que en los cuarenta aparecen los socialcristianos, los sindicalistas no comunistas pero socialistas, los socialdemócratas agraristas y los socialistas antiyankees del sector sindical petrolero.
En los cincuenta se mantuvieron más o menos así, hasta que en el 59 aparecen los socialdemócratas ganando las elecciones y los jóvenes socialistas rurales llegando al poder en Cuba. Ahí se abren en dos los socialdemócratas y los comunistas, y el nuevo frente sería el combate entre política de masas y/o cuadros versus la toma del poder a través de la guerra de guerrillas.
La derrota los dejó en bandos distintos. Unos volvieron al redil político convencidos y saltando a la socialdemocracia. Otros se quedaron en la expresión socialista de la boca para afuera, abandonando las armas públicamente, pero montándose en cuanta conspiración contra la democracia se apareciera.
Esos derrotados nunca llegaron a ser el 10 % del espacio político. De hecho, se hablaba de ellos en cada elección aludiendo a su “6 % histórico” como resultado máximo agrupados, algunos sin más de uno o dos diputados que llegaban, en realidad, al Congreso por ser personalidades fichadas para arañar votos, más que militantes convencidos en muchos casos.
De polvo a lodazal.
Así llegó la izquierda al chavismo. Se montaron en el chavismo a pesar de su aversión a lo militar y a pesar de ser, en su mayoría, copartícipes de la construcción del sistema que Chávez prometió destruir.
El caso más patético sea quizás el de Guillermo García Ponce, uno de los principales jefes del bando guerrerista en el Partido Comunista. Como parlamentario, fue uno de los redactores y acérrimos defensores de la Constitución del 61. En el 62 se fue a la guerra contra esa Constitución. Le agarra el dinero a Cuba para hacer la guerra y la pierde. Cae preso y, junto a Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, se escapa de la cárcel luego de acordar con el gobierno, que les dejó escapar, que al salir desmontarían los frentes guerrilleros y dividirían el Partido Comunista. En efecto, se escapan, llaman a parar la guerra, dividen el Partido Comunista y crean el MAS… sin García Ponce, que monta tienda propia llamada Vanguardia Comunista.
Gracias a eso sigue en el Congreso, apoyando candidaturas que le permitieran mantener la curul hasta lograr jubilarse.
Jubilado estaba cuando lo resucita el chavismo y lo hace constituyente y parlamentario después.
Y la explicación de lo que pasó allí, en esa cabeza, la dio el aludido en una entrevista en VTV, arrancando el chavismo, al ser consultado sobre su ideología: “Yo siempre he sido bolivariano”. Imagínese.
Tan bolivarianos eran que se quedaron en el chavismo a pesar de la marcha imparable hacia el crimen. Callaron ante las muertes, el narcotráfico, la corrupción, la destrucción de la industria petrolera, la industria eléctrica, los crímenes de lesa humanidad, el cierre de medios, las torturas.
Y hoy, como si nada, pretenden seguir haciendo política, como si el crimen no los infectara y los involucrara. Como si se pudiera regresar del crimen soltando el fusil y agarrando la Biblia, cual malandro de cárcel del tercer mundo.
Volverán a su nicho del 6 %, como mucho, y creo que ni eso. Se irán poco a poco a la locura de sacarse sus trapos y reclamarse sus deudas y rencillas históricas. Se sacarán las cuentas desde el inicio del siglo veinte, se reclamarán sus muertos, sus guerrillas, sus cuentas por pagar y por cobrar.
Y así, se irán consumiendo hasta llegar a su mínima expresión. Y debemos ayudarlos a que esa pelea siga, se profundice y termine en su desaparición absoluta.
Como otras fuerzas en el pasado, que se vayan. Para no volver.
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